miércoles, 7 de octubre de 2015

Cuentos concéntricos y circulares

En estos días he disfrutado de un librito delicioso que acaba de publicar la editorial Lóguez, se trata de Estaba yo una noche..., de Henrike Wilson. Es un libro en cartoné, con esquinas redondeadas y formato ideal para los más pequeños, con una propuesta bien interesante: una historia que te lleva a otra historia similar que te lleva a otra historia similar... en una suerte de fractalidad concéntrica (si se me permite el término, que es que desde que he leído La narración fractal de Héctor Urién no dejo de toparme con fractales por todas partes) pero al mismo tiempo circular, pues acaba en el mismo punto donde comenzamos: de manera que este puede ser un cuento infinito.


El librito es en verdad fantástico para contar (siempre espera uno que el niño, la niña, adivine quién es el siguiente amigo) y disfrutar en compañía.
Me ha recordado otro libro que llevo contando cuatro años (por militancia; quien me lo ha escuchado contar sabrá exactamente por qué), se trata de El señor don Nicanor, de Ana Fernández-Abascal y Flavio Morais, publicado por Faktoría K de Libros (y del que hablé con más detalle en esta entrada algo crítica). En este libro también hay una suerte de túnel concéntrico, cuentos que te te llevan a otros cuentos y que te permiten jugar con el libro, con la historia y con la narración cuando lo estás contando. En verdad son verdaderos regalos, una fiesta para la palabra dicha.


Y ojo, no estoy hablando de cuentos circulares, o al menos no sólo de cuentos circulares, estoy hablando de cuentos concéntricos que, como muñecas rusas, se van metiendo uno dentro de otro hasta que en el último nos damos cuenta de que estamos en el primero. Me encantan. Creo que son propuestas literarias estupendas muy similares a los juegos que los más pequeños tienen: cubos que entran en cubos, cajas que entran en cajas... Una idea de matrioska infinita. Una fiesta.
Y sí, también hay unos cuantos libros "sólo" circulares que me gustan mucho.
Aquí os dejo tres ejemplos que son estupendos porque, además de ser circulares, juegan con el formato del libro.
Un clásico es Siguiendo huellas, de David Hawcock y Jan Lewis, publicado por Beascoa hace veinte años (no sé cómo será de fácil o difícil conseguirlo ahora), un libro estupendo que se va abriendo y que permite hacer un círculo exacto de animales (y lector/a) que se siguen unos a otros.


Otro más reciente es ¡¡¡Socorro!!! de Michaël Escoffier y Matthieu Maudet, publicado por Corimbo, con un formato en acordeón que me encanta (no sé por qué tengo predilección por este tipo de libros) y que no es exactamente animales siguiendo a animales, si no animales que huyen de otros animales que les persiguen (unos a otros). Bien bien divertido para contar también.


Y para terminar una joyita que compré en París, en la librería del museo Pompidou: Atrape-moi!, un pop-up de Kees Moerbeek y Carla Dijs con ocho personajes desplegables y una historia circular infinita.


En todos estos casos lo interesante, además de la propuesta formal del libro y de la historia circular y/o concéntrica que contiene (y que funciona), es la posibilidad de juego que ofrecen a la hora de contarlos y compartirlos. Son libros maravillosos. Insisto, regalos para la palabra dicha.
Saludos

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada