sábado, 9 de noviembre de 2013

El hombre Niebla

Hace unos meses que leí esta reseña de Ana Garralón sobre lo último que acababa de publicar uno de los grandes de la LIJ, Tomi Ungerer (imprescindible entre mis favoritos). Se trata de un libro álbum titulado El hombre Niebla, traducido por Ester Sebastián López y publicado por Lóguez. Desde entonces ando con el libro en la cabeza pero no ha sido hasta estos días, tras la publicación de la lista de los diez mejores libros álbum según The New York Times (entre los que se encuentra), que me he decidido a escribir esta breve nota.


El hombre Niebla nos cuenta una historia con un gran sabor tradicional. Unos niños que viven felices en su casa pero que un día acaban arrastrados por las corrientes hasta la Isla de la Niebla, de donde nadie ha vuelto para contarlo. Si queréis saber la trama con más detalle os remito al enlace del principio de este post de Ana o al vídeo que incluyo al final en el que el autor va contando la historia y el proceso de creación de las ilustraciones (muy muy interesante).
Sin embargo lo que más me ha interesado de este maravilloso cuento es el significado simbólico que contiene y que me ha dejado completamente deslumbrado.
Finn y Cara son dos niños que viven felices: el paso de los días con sus tareas rutinarias y espacios familiares les dan seguridad y tranquilidad. Su hogar (su casa, su familia) es un sitio en el que se puede estar cómodo a pesar de que afuera silbe fuerte el viento.
Sin embargo esta sucesión de rutinas, estas tareas cotidianas, este crecer seguros, acaba por aportarles los rudimentos que les permitirán salir fuera de los límites de sus días: la curragh, la barca de cañas que les regala su padre simboliza esa posibilidad de explorar el mundo de afuera.
Igual que en los cuentos tradicionales el bosque es ese lugar en el que perderse y encontrarse, aquí la niebla representa el peligro, lo desconocido, el lugar en el que los límites de las cosas se desdibujan y realidad y ficción se abrazan. Los niños emprenden un viaje iniciático que les va a llevar hasta el corazón del bosque, hasta la isla de la niebla.
No es en esta ocasión porque los niños desobedecieran o se equivocaran: es sencillamente porque es tiempo de emprender ese viaje hacia el conocimiento y, de alguna manera, ese viaje de despedida de la infancia.
Es interesante ver como en el camino de ida los objetos y lugares provocan ese miedo infantil (ese dolmen con ojos, esas rocas en la isla que son caras, esas plantas trepadoras que son manos, esos animales insólitos al pie de la cama...) desaparecen en la vuelta: ya no hay esa mirada infantil, ahora el terror o el miedo es real: los elementos son los que les pueden hacer naufragar.
La estancia en la casa del hombre Niebla es también un momento de gran intensidad y emoción. Ese personaje tan sugerente, esa casa tan extraña (¿está en lo alto de la colina, está bajo el mar?), esa adquisición del conocimiento a pesar de que para ello tengan que atreverse y entrar en el horno (qué valor, cómo no pensar en Hansel y Gretel), ese momento lleno de magia en el que cantan juntos viejas canciones (transmisión de la voz ancestral y también del conocimiento común)...
Y el despertar en la isla sin saber si todo fue un sueño o fue real y, con ello, tener una historia para contar. Porque de eso se trata: viajar para crecer y para tener algo que contar.
No quiero desmenuzar el cuento pero hay muchos detalles maravillosos agazapados en su historia y en sus delicadas ilustraciones. Un cuento absolutamente maravilloso. Extraordinario.
En el vídeo que os dejo aquí debajo (subtitulado en castellano) el autor da también algunas pistas sobre la ilustración, influencias, técnicas...



Una lectura imprescindible. Un libro que es un tesoro.
Saludos

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