lunes, 14 de julio de 2014

Gilead

En estos días he terminado de leer Gilead, una novela escrita por Marilynne Robinson, traducida por Montserrat Gurguí y Hernan Sabaté, y publicada por Círculo de Lectores (no he logrado saber si existe una edición fuera de Círculo, aunque sí está disponible en Galaxia Gutenberg).


El libro es una larga carta que un padre escribe a su hijo, con algunas peculiaridades: el padre es predicador en un pequeño pueblo llamado Gilead y, además, es un padre mayor, él tiene unos 77 años y su hijo debe rondar los 8.
La verdad es que este libro me ha sorprendido mucho. Sí he leído antes novelas que son largas cartas, pero en esta ocasión sucede además que esta carta en la que se van mezclando los recuerdos, las reflexiones y los momentos presentes (de la narración, de la escritura de la carta y de la vida del narrador, el padre, y el narratario, el hijo) tiene un estilo demorado, profundo, que logra crear una novela con un espesor rico y muy enjundioso. Y me ha sorprendido porque al ser el protagonista un predicador hay muchas reflexiones relacionadas con el dios cristiano y la religión que, contrariamente a lo que esperaba en un primer momento, no han hecho que la lectura quedara varada.
Cuenta además la novela con un montón de historias engarzadas del protagonista, su familia y gente de Gilead (especialmente el joven Boughton, su ahijado), todo perfectamente engastado y armoniosamente elaborado.
Merece la pena señalar que, en mi opinión, la autora logra construir a la perfección este personaje protagonista ahondando en su historia y sus sentimientos, sus ideas, sus dudas... Asombra el trabajo y su profundidad, y además esto se puede apreciar en cada línea del libro.
Tiene además algunas citas interesantes relacionadas con la narración, la memoria y la palabra:

"Me doy cuenta de que la memoria ha convertido en mucho lo que era muy poco." (p. 57)

"Cuando caminaba a su lado [de su padre], me contaba unas cosas extraordinarias que, de otro modo, estoy seguro de que nunca me habría contado. Si había cena, me contaba historias para celebrarlo; si no la había, me las contaba para compensarlo."(p. 117)

"[el joven Boughton] Trata las palabras como si fuesen actos. No atiende a su sentido, como hacen los demás. Él se limita a decidir si son hostiles y en qué grado. Decide si las palabras lo amenazan o lo hieren y reacciona a tenor de ese nivel." (p. 145)

Y cuenta alguna historia fantástica para ser contada como la del vehículo que fue robado y utilizado durante varias semanas por una comunidad entera.
Una lectura muy interesante.
Saludos

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada