domingo, 21 de octubre de 2012

El Palacio de los Sueños

Hace ya tiempo os hablaba en este mismo blog de un libro de Ismaíl Kadaré titulado Tres cantos fúnebres por Kosovo. Aunque es un autor al que sigo desde hace años, cuando leí El expediente H y quedé deslumbrado por completo. No me cansaré de repetir que todos los que vivimos con pasión la narración oral deberíamos conocer los libros de este autor, y especialmente, El expediente H. Pero vayamos con la lectura de hoy.
Acabo de terminar de leer El Palacio de los Sueños, de Ismaíl Kadaré, traducido por Ramón Gómez Lizarralde y publicado por Alianza editorial (en su colección de bolsillo > biblioteca Kadaré).


El libro nos cuenta las peripecias de Mark-Alem, un miembro de la poderosa familia Qyprilli, que entra a trabajar en el misterioso Tabir Saray, el Palacio de los Sueños. El destino del protagonista y de la familia van de la mano a lo largo de toda la novela. El ambiente de incertidumbre, las situaciones oníricas, la trama entre brumas y lámparas a medio gas... consiguen armar una novela completamente fascinante.
La idea de un poderoso Palacio de los Sueños dedicado a recoger todos los sueños del imperio (un imperio con más de 40 naciones), seleccionarlos e interpretarlos para elegir, entre todos, uno (cada semana) que sea llevado al emperador y que éste decida los designios del imperio en función de este "sueño maestro", es absolutamente deslumbrante. El secreto y la incertidumbre que rodea al Tabir Saray, el misterio de sus secciones, sus pasillos laberínticos, sus incomprensibles designios (que nacen de sueños y no de hechos), sus personajes solitarios, sus puertas cerradas... nos atrapa desde las primeras páginas: uno no sabe bien (hablo por el lector, pero también por los protagonistas) en qué plano transcurre la historia: el onírico o el real.
Sucede además que, íntimamente relacionado con este Palacio en brumas, transcurre la vida de la familia Qyprilli, la única estirpe en Europa protagonista de una epopeya que todavía se canta. Así pues, Kadaré vuelve a traer a los cantores a su novela, y lo hace no de manera casual, pues la presencia de los aeda y su canto es el momento culminante de la novela. No me resisto a dejar aquí algunos párrafos, el último algo largo, pero creo que merece la pena:

"Vosotros los Qyprilli sois en la actualidad la única familia aristocrática de Europa, y seguramente del mundo, a quienes se dedica una canción de gesta. (...) Si a una gran familia alemana o francesa se le cantar en la actualidad la centésima parte de lo que se nos dedica a nosotros en los Balcanes, lo proclamaría a los cuatro vientos como el mayor de los orgullos y de los milagros." (p. 74-45)

"Corría la voz de que el soberano envidiaba a los Qyprilli precisamente a causa de esa epopeya. Decenas de divanes y poemas diversos habían sido compuestos para su glorificación  por los poetas oficiales, pero en parte alguna se le había dedicado una canción de gesta comparable a la de los Qyprilli." (p. 76)

[los rapsodas] "Entraron al poco, en medio de un profundo silencio. Eran tres, vestidos con sus trajes típicos, dos de mediana edad, el tercero más joven, sosteniendo cada uno entre las manos su frágil instrumento musical (...) los lahutas, según los llamaban, muy semejantes a las guslas de los rapsodas eslavos. Experimentó la misma sorpresa, por no decir desengaño, que había sentido al ver por vez primera las guslas. Como había escuchado hablar tanto de la famosa epopeya, imaginó que los instrumentos musicales con que se acompañaría serían igualmente extraordinarios, pesados, majestuosos, sobrecogedores, y que los rapsodas apenas podrían arrastrarlos. Y la gusla resultó ser un sencillo instrumento de madera, que se sostenía fácilmente en la mano, y con una cuerda sola. Era verdaderamente increíble que aquel pedazo de madera provisto de una cuerda fuera capaz de dar vida a la gigantesca y secular epopeya. Ahora, al ver la lahuta, la decepción le pareció aún más hiriente. (...) Esperaba encontrarla no sólo pesada y enorme, sino casi salpicada por la sangre de las crueldades que la epopeya narraba. Sin embargo era tan tosca como su hermana eslava. La misma madera con un hueco abierto por la cara superior y la misma cuerda solitaria atravesándola.
Los rapsodas continuaban de pie (...). Tenían los cabellos  claros, igual que los ojos. Más que menosprecio, sus miradas parecían expresar la negativa a que penetrara en su interior el cuadro que los rodeaba. (...)
Uno de los rapsodas se sentó en un escabel dispuesto allí por el mayordomo, colocó la lahuta sobre sus rodillas y permaneció en silencio un rato, con los ojos fijos sobre la cuerda. A continuación su mano derecha alzó el arco y rozó la cuerda con él. Los primeros sonidos del instrumento eran bajos, monótonos, y expresaban una suerte de obstinación en volver al punto de partida. Eran como una larga, extraordinariamente larga queja, que provocaba angustia en el pecho. A Mark-Alem le pareció que, de continuar unos instantes más, todos ellos sentirían que se quedaban sin aire. ¿Cuánto tardarían en acompañar con palabras aquellos sones corrosivos? Esta pregunta parecía leerse en los ojos de todos. Era preciso revestir con palabras semejante música, de lo contrario la cuerda, con su estridencia prolongada, les acabaría lacerando el alma hasta hacerla sangrar.
Cuando por fin el rapsoda abrió la boca para cantar, Mark-Alem sintió alivio. Pero duró poco, pues, igual que el sonido del instrumento, la voz del rapsoda tenía algo de inhumana. Se diría que mediante una operación singular hubieran arrancado de ella todas las entonaciones cotidianas, para dejar sólo las de carácter perdurable. Era una voz en la que la garganta del hombre y la garganta de la montaña parecían haberse concertado largamente hasta eliminar toda discordancia. Después se habían concertado con otras voces progresivamente más distantes, hasta llegar a los gemidos de las estrellas. Además, tanto la voz como las palabras mismas eran de tal condición que parecían poder brotar así de las bocas de los vivos como de los muertos. La concertación, pues, alcanzaba también a los espíritus y puede que esta última fuera la más íntima, la más lograda.
Mark-Alem no apartaba los ojos de la delgada cuerda solitaria tensada sobre la boca de la oquedad. Era la cuerda la que daba origen al gemido, y la oquedad bajo ella la que lo devolvía, ampliándolo hasta proporciones aterradoresa. Súbitamente a Mark-Alem se le reveló que aquella cavidad era la caja torácica que alojaba el espíritu de la nación a la que él pertenecía. Desde allí se alzaba vibrante el gemido secular. Ya había conocido antes retazos de ella, pero sólo ahora tenía la ocasión de escucharla completa. Sentía en su propio pecho la cavidad vacía de la lahuta.
El otro rapsoda se puso entonces a cantar la balada del puente, y en el profundo silencio que reinaba Mark-Alem tuvo la impresión de distinguir los golpes de los albañiles que, balo el sol frío, construían el puente salpicado con la sangre del sacrificio, el puente que no sólo había dado su nombre a los Qyprilli sino que los había marcado también con su fatalidad. (...) El rapsoda continuaba con la misma voz vibrante. (...)
Todo estaba verdadera y definitivamente claro. Aquella cavidad de la lahuta era justo la tumba donde se debatía el muerto. Sus gemidos surgían desde las profundidades, estremecedores como cosa alguna en el mundo." (pp. 179-183)

Hay muchas más citas que hacen referencia a la epopeya (que resulta clave en la trama) y al canto de los rapsodas (y su destino), pero no debo desvelar más.
Reiterar una vez más que este autor es maravilloso, acaso imprescindible para los amantes de la tradición oral, de la narración oral, de las admirables gestas, cantos, epopeyas... que han pervivido durante siglos en la vieja Europa.
Un libro absolutamente delicioso. Una lectura imprescindible.
Saludos

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