martes, 1 de junio de 2021

Las tres pruebas del Emperador de China

Esta semana terminamos de leer en el Club de Lectura "Alonso Quijano" El libro de la almohada, de Sei Shonagon. El libro, tal como conté hace unas semanas en este mismo blog, está escrito a finales del siglo X y su lectura está siendo fascinante. El próximo jueves hablaremos en una Sala de audio de Twitter sobre este libro, el motivo de esta entrada es otro. Resulta que en el libro hay unas cuantas referencias al hecho de contar y escuchar cuentos, es más, es que hay un cuento incluido en uno de los capítulos, un cuento que se contaba en Japón en el siglo X. El cuento, que está en las páginas 145-147 de mi edición, podéis leerlo aquí:


"Érase una vez un Emperador a quien le gustaba la gente joven y que ordenó la ejecución de todos los viejos. Estos tuvieron que buscar refugio en provincias lejanas, dejando la capital a los jóvenes. Había un Capitán de la guardia cuyos padres estaban por cumplir setenta años. Estaban aterrados ya que si personas de cuarenta años habían sido proscriptas, su propia situación era muy precaria. El Capitán, un hijo muy devoto, que no podía vivir sin ver a sus padres dos veces cada día, no los dejó partir. Noche tras noche fue cavando una cueva bajo su casa y cuando la hubo concluido instaló ahí a sus padres, visitándolos a menudo e informó a las autoridades imperiales que habían desaparecido. 

(¿Qué razón puede haber tenido Su Majestad para obrar así? Al fin y al cabo no tenían por qué preocuparle personas que se quedaban en su casa y que no podían molestarlo.)

Ya que su hijo era Capitán de la guardia, pienso que su padre bien pudo ser un alto dignatario de la Corte o algo por el estilo. Sea lo que fuere era un señor anciano muy sabio y muy listo y el Capitán, pese a su juventud, era también capaz e inteligente. Su Majestad lo consideraba el más sobresaliente de los jóvenes. En aquel tiempo el Emperador de la China quería adueñarse de nuestro país, engañando a Su Majestad, y a ese propósito constantemente le enviaba problemas para poner a prueba su capacidad. En cierta ocasión, mandó un leño redondo, lustroso y hermosamente trabajado, de unos dos pies de largo y preguntó: 

–¿Cuál es su base y cuál es la parte superior?

Como no había manera de saberlo, Su Majestad estaba muy afligido y el joven Capitán, preocupado, le contó lo sucedido a su padre. Dijo el anciano:

–Basta ir hasta el río, mantener el leño derecho y tirarlo de lado a la corriente. Entonces girará sobre sí mismo y la punta que quede río abajo, será la parte superior. Marca el leño de acuerdo a esto y devuélvelo al Emperador de China.

El Capitán fue al Palacio y fingió haber arbitrado un medio y dijo a Su Majestad que trataría de resolver el problema. Acompañado por un grupo de gente se encaminó al río, arrojó el leño al agua y trazó una marca en el extremo que daba río abajo. El leño fue devuelto y se vio que estaba correctamente marcado.

En otra ocasión el Emperador de la China mandó un par de víboras idénticas, cada una de unos dos pies de largo, y el problema era decidir cuál era el macho y cuál la hembra. Como nadie tenía la menor idea, el Capitán volvió a consultar a su padre, quien le dijo que colocara las víboras una al lado de otra y que sostuviera una varita larga y recta cerca de las colas. Dijo: 

–La que mueva la cola, será la hembra. 

El hijo siguió ese consejo y, según lo previsto, una de las víboras se quedó quieta y la otra movió la cola. El Capitán las marcó debidamente y las envió al Emperador de la China.

Mucho tiempo después el Emperador de laChina envió a Su Majestad una pequeña joya con siete curvas unidas por un estrecho pasaje que estaba abierto en ambos extremos. Escribió: "Por favor pase un hilo que atraviese la joya. Esto es algo que todos los habitantes de este país saben hacer". Los más sobresalientes artífices fueron consultados, pero de nada les sirvió su destreza. Todos, incluso los dignatarios más altos, se declararon vencidos. De nuevo el Capitán fue a ver a su padre. El anciano le dijo: 

–Debes buscar dos grandes hormigas. Ajusta los hilos muy finos alrededor de sus cuerpos y une hebras algo más gruesas al final de los hilos. Pon un poco de miel en uno de los orificios y coloca a las hormigas en el otro. 

El Capitán dijo esto a Su Majestad y dos hormigas fueron debidamente colocadas en la boca del orificio. En cuanto olieron la miel empezaron a arrastrarse por el pasaje y emergieron rápidamente del otro lado. La joya con el hilo fue devuelta a la China donde comprendieron que, al finy al cabo, los habitantes del Japón eran muy inteligentes y era superfluo proponerles más pruebas.

Muy impresionado por las proezas del Capitán ,Su Majestad le preguntó qué podía hacer por él y qué rango quería. El joven dijo:

–Sólo te pido que permitas volver a los ancianos que se han marchado o se han escondido. Deben saber que pueden volver a salvo a la Capital.

El Emperador contestó: 

–Esto es algo muy fácil.

Los ancianos se regocijaron al saber la noticia y el Capitán fue ascendido a Primer Ministro. Sin lugar a duda el padre del Capitán se convirtió en un dios."

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